Marco Antonio Durán Ruvalcaba*

Es una obligación moral defender a la democracia en México, de las constantes agresiones y envestidas que sufre todos los días el Instituto Nacional Electoral (INE), desde el gobierno actual y en particular del Presidente.

Queda claro que el objetivo de contrarreforma propuesta por el Ejecutivo no es la democracia, es tomar el control total del sistema, quitarle independencia; un verdadero retroceso a la libertad.

Más que una reforma electoral, es una reforma política que tiene el claro propósito de obtener demasiados privilegios para unos cuantos y quitarle a la sociedad ese derecho ganado.

No suelo escribir sobre cuestiones políticas, lo mío es economía, es el tema que domino, sin embargo, hago una excepción porque es necesario levantar la voz, decir basta a políticos mentirosos y sin escrúpulos que por décadas han asumido decisiones sin considerar la opinión más que del gobernante en turno.

Siento enorme pesar como mexicano que vivió y experimentó por más de cuatro décadas la falta de democracia y libertad, los enormes costos sociales, económico y hasta de vidas humanas.

Nací y crecí en un país sin mucha libertad de elegir, tiempos en que solo un partido político -Revolucionario Institucional (PRI)-, postulaba candidatos a Gobernadores, Diputados, Senadores y cualquier otro de elección popular.

Prácticamente no existía la oposición. Partidos como Acción Nacional (PAN) ayudaban a balancear un poco la contienda, pero otros de izquierda: PSUM, PARM, PPC, PCM, eran usados por el propio gobierno para simular alguna resistencia al igual que sucede hoy con partidos como el Verde, PT, MC, etc.

En el pasado, la Secretaría de Gobernación (SEGOB) se erigía en el supremo órgano electoral. En época de elecciones: organizaba, ejecutaba y calificaba los comicios, de modo que no había forma de perder un solo escaño o que ninguno de sus candidatos se quedara fuera.

El mejor ejemplo, la elección de 1988, siendo Manuel Barlett, el árbitro y quien decidió y no los ciudadanos—a pesar de su voto—, que Carlos Salinas de Gortari sería el Presidente.

¿Le suena algo de eso en la actualidad?

Campañas electorales antes de 1996 eran un auténtico derroche de recursos públicos y de mañas. El festejo incluía convivir con candidatos; si era el presidenciable no había límite, al mitin entraba cualquier cantidad de personas disponibles —acarreo masivo—, con la promesa de recibir trasporte, comida y bebida.

Todo el poder para inducir el sufragio de los ciudadanos repartiendo despensas, dinero y/o dadivas. Pero también la coacción del voto venía a través de generar temor al quitarle los apoyos o subsidios en el campo.

Aplausos inducidos por animadores y un tremendo espectáculo: carpas llenas de regalos, rifas y música. La consigna, aplaudir y festejar todo lo que dijera el candidato, so pena de ser castigado, estigmatizado o dejar de recibir apoyos gubernamentales.

Cundo por fin se dio la oportunidad de votar por primera vez a finales de los 70’s, en mi casa, fuimos advertidos de no hacerlo por el PAN, le iría muy mal a la familia, se acabaría el país y prácticamente quedaría sin comer o en la miseria. De ese tamaño era el miedo que cundía entre los ciudadanos.

Por supuesto, no, no había credencial de elector, simplemente una lista nominal, sacada quien sabe de dónde. Obligatorio era llevar una identificación, acta de nacimiento, licencia, certificado de educación. Se llenaba y tachaba una hoja de candidatos con mayoría del PRI para los diferentes encargos.

Los candidatos postulados eran representantes de enormes sindicatos que aglutinaban a miles de trabajadores, confederaciones industriales y campesinas como (CTM, CROC, CROM, CNOP, CNA) y patronales también, —voto corporativo, le llamaban—; entregaban listas a políticos y dirigentes de partido para en conjunto decidir quién era leal a la causa, otros iban por vía directa del presidente y amigos de gobernadores.

Para la elección de presidente en 1976, el candidato único fue José Abel López Portillo, elegido por el dedo de Luis Echeverria —tapado le decían—, no hubo ningún otro candidato de oposición. Por unanimidad fue electo y ganador absoluto. Algún día confesó: “habría bastado solo un voto; el de mi mamá para haber ganado”.

Eso es exactamente a mi entender lo que pretende esa reforma electoral que promueve Andrés Manuel López Obrador. Sin duda un auténtico retroceso.

Quien haya leído la oferta en su apartado quinto, esta propone disminuir los legisladores a razón de 300 diputados de los actuales 500 y 96 Senadores de 128, cosa que no está mal, el problema es que se entregarían listas por estado de partido político, entonces la población ya no votaría por personas independientes, si no solo por su partido, quienes elegirán de esas listas a las personas que irían al congreso, es decir plurinominales. De hecho, elimina los 300 distritos electorales.

Lo mismo sucede para consejeros del Instituto electoral, en donde pretende disminuir de 11 a 7.

Que los consejeros sean elegidos de forma tripartita y en proporción de una tercera parte cada uno, es decir; por el Presidente, Legisladores y el Poder Judicial, todo entre amigos, con un control absoluto, puesto que ellos son la mayor fuerza política.

Para entender mejor de lo que se trata 40 de los 60 consejeros serían elegidos entre el Presidente y los Legisladores de partido Morena, los otros por el Poder Judicial y si no fuera suficiente 20 de los 30 magistrados al tribunal electoral se haría de la misma forma.

Significa, en términos simples que habría sesenta candidatos a consejeros y treinta a magistrados —90 en total—, harían campaña por el país para ser elegidos.

Valiente modificación para quedarse con el control absoluto y regresar al pasado.

De aprobarse esta propuesta se perdería todo lo ganado; Hay que recordar que la reforma electoral de 1996 fue la que abrió de lleno la democracia a México y garantizo elecciones libres. Se creó el Instituto Federal Electoral (IFE) después INE con plena autonomía para organizar los comicios, quitando el privilegio al gobierno; se dió financiamiento a partidos con el fin de equilibrar las contiendas entre todos lo participantes y se creó un Tribunal Electoral, para calificar y dar certeza, legalidad y justicia a las elecciones.

Fue este nuevo sistema el que permitió la alternancia por primera vez en el año 2000 y cambiar de gobierno casi 70 años después de que el PRI se perpetuara, además abrió la puerta para que Morena accediera como partido político y ganara una elección.

¿Porqué si el órgano electoral ha demostrado su eficiencia, entonces el hoy Presidente lo ataca y pretende su destrucción?

¿A qué tiene miedo este gobierno?

Los argumentos: costo económico, corrupción y apropiación del INE por un grupo de poder. Sin embargo, todo lo que esgrime, es por supuesto una mentira.

*Maestro y Doctor en Ciencias económicas por el IPN y la Universidad Autónoma Chapingo; es profesor investigador, coautor de los libros: Los depredadores, Plantea, 2017 y Análisis de la Macroeconomía y del Sector Externo de México, Universidad de Humboldt, Alemania; Complutense, Madrid, España, 2018. Ha escrito infinidad de artículos para revistas especializadas, miembro del SNI. Correo electrónico mardur6@hotmail.com