Vicente Morales Pérez

El año pasado escuché a un conferencista decir que “La política es la ciencia de las palabras” argumentando que en la política es diálogo, discurso, debate, argumento, idea, negociación, acuerdo, persuasión, concertación, discusión, deliberación y retórica. Coincido con ese concepto de la política, porque se trata de una actividad humana, en la cual se requiere de las palabras para generar cercanía con los ciudadanos, diálogo para construir consensos y debate para resolver las diferencias.

Sin embargo, las cosas han cambiado un poco en los últimos años, ya que el poder de la imagen en la T.V. y los medios impresos han generado políticos superficiales, que viven preocupados por tener un peinado impecable o la ropa perfectamente planchada y se han olvidado de conversar con el pueblo.

En las redes sociales llega a suceder un fenómeno semejante, ya que muchas mujeres y hombres viven más preocupados por generar simpatía y popularidad, pero participan en la política sin ideas. Las palabras tienen una intención, son un reflejo de nuestra personalidad y muestran la ideología a la que pertenecemos.

Históricamente las palabras han articulado los discursos de la derecha y de la izquierda a lo largo de la historia. Existen discursos memorables en cada episodio de la vida del ser humano, en donde las palabras fueron un exhorto a la vida democrática o un llamado a la insurgencia. No se trata de hablar por hablar, sino de defender opiniones, construir a través del diálogo proyectos colectivos y de sumar ideas en el diario vivir.

Cuando Aristóteles habla del Zoon Politikón (animal político por naturaleza) se refiere al ser social, a la persona que a través del lenguaje construye y modifica la realidad desde la política. Hoy, más que en ningún otro tiempo requerimos que los políticos volvamos a hablar. No podemos pensar en la justa representación popular si no tenemos un diálogo permanente con los ciudadanos ¿se puede representar a quien no conocemos? Creo que eso es imposible, para representar es necesario conversar.

Tampoco podemos pensar en una democracia del silencio. Son el debate y la discusión pública quienes motivan al uso de las palabras, en caso contrario, el silencio es propios de los regímenes autoritarios, en los cuales hablar o discrepar está prohibido. Decir que “representamos al pueblo” puede sonar a cliché, pero cuando existe una comunicación permanente y abierta con los ciudadanos podemos decir que es un acto de congruencia con el concepto de “representante popular”.

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