Cruzar la frontera por las garitas de Tijuana puede ser muy rápido o llevar mucho tiempo, es cuestión del día y de la suerte.

Doce horas de camino, tramos en los que en dos horas el avance fue de apenas unos 20 metros, todo oscuro, con riesgo de quedarse sin gasolina, sin acceso a sanitarios o comidas, es soportable si únicamente van adultos, pero si van niños en el vehículo la cosa cambia y la espera se convierte en desesperación porque es difícil que los pequeños entiendan el motivo por el que no puedes avanzar.

Esta andanza comenzó con un cambio de ruta de una viajera que habitualmente ingresa por aire a Estados Unidos, pero que esta vez decidió entrar por la fronteriza Tijuana Baja California.

Es una ciudad bulliciosa, llena de comercios, de casas de cambio, hay casinos, bares, centros comerciales, restaurantes, avenidas repletas de consultorios dentales, infinidad de anuncios de asesores jurídicos, hay amplias avenidas y oscuros callejones que forman parte de la famosa zona de tolerancia.

Después de comer y hacer unas compras inició la travesía, los señalamientos en la ciudad son confusos y es fácil perderse. Así ocurrió, en busca de la Garita de Otay el grupo ya se había enfilado hacia Tecate, así que se debió corregir el rumbo, regresar, dar varias vueltas y al fin encontrar una salida.

El cruce fue por la Garita de San Ysidro, la más transitada del mundo, la fila inició a la altura del puente que atraviesa el Río Tijuana, eran como las siete de la tarde-noche y un embotellamiento desesperante, avanzar cinco metros de un jalón es un triunfo.

A eso de las 11 se había avanzado algo así como un kilómetro, no faltan los desesperados e imprudentes que se cuelan y ocasionan caos, conductores que sin importarles dañar sus vehículos tratan de meterse a fuerza a la línea, hubo uno que iba tomado y se subió a la banqueta queriendo tal vez llegar más rápido a USA o darse a la fuga de la policía, pero de cualquier formar no iba a lograrlo y lo alcanzó la patrulla.

También abundaban los que venden cobijas, globos, sarapes, gestores que ofrecen sacarte de la fila y meterte más adelante, niños ofreciendo limpiar parabrisas, recoger tu basura, vendiendo pulseras, etc., otros acompañando a sus papás, cargando mercancía, probablemente acostumbrados a vivir en esas calles, algunos jugando, riendo, sin importar la realidad de los demás.

La aguja de la gasolina de una camioneta grande bajaba lentamente pero sin detenerse, no había manera de comprar comida y aguas, de ir al baño, porque casi a la media noche ya nadie se atreve a descender e internarse por las oscuras e inseguras calles para buscar una tienda.

Los pequeños ocupantes del vehículo ya no hallaban acomodo, querían estar en su casa, en su cama, poder moverse libremente, no había manera de cumplirles su deseo, sin embargo comprendieron y aguantaron con resignación.

Ya eran más de las dos de la mañana cuando tocó el paso en la Garita, se habían transitado unos 5 kilómetros en 7 horas.

Momentos antes de llegar a la caseta podían verse a los agentes de migración revisar vehículos con lámparas, abrir cajuelas, acercar perros adiestrados, e incluso pedirles a los conductores que se orillaran más adelante para hacer una revisión a fondo.

No fue el caso para esta narración, la agente ni siquiera salió de su puesto de control, allí no hubo ningún inconveniente, revisó los documentos que le entregaron, fue amable, y sin mayor averiguación dio luz verde, subió la flecha y Welcome to USA.

Ya en carretera norteamericana parecía que todo estaba listo para ir a casa, por fin! Pero no, faltaba un trámite.

La visitante tenía que registrar su ingreso a los Estados Unidos, así que la camioneta tuvo que dar una vuelta por varias avenidas para regresar al punto fronterizo y esperar de ese lado mientras ella se iba caminando unos 300 metros en la calle para entrar nuevamente a México, eran casi la tres de la madrugada, estaba oscuro.

Atravesó la frontera por unas puertas giratorias y entró a unas oficinas mexicanas, el  lugar estaba casi vacío, sólo había dos elementos de la Guardia Nacional que le dieron información confusa sobre cómo cruzar nuevamente la línea.

De esas oficinas debió salir a unas calles aún del lado mexicano, había algunos taxistas parados por las esquinas, preguntó cuál era el camino para  ingresar a Estados Unidos y le dieron indicaciones.

Caminó otros 300 metros en la calle, todo ocurrió en una atmósfera casi surrealista, como un sueño extraño, el recorrido implicó transitar por largos y solitarios pasillos donde deambulaban personajes que parecían salidos de películas, una chica con short, medias de red, ligueros a la vista y cargado maquillaje, hombres de color con pinta de pandilleros que la iban siguiendo y ella debió unirse a un grupo que iba más adelante y que al parecer le brindó ese acompañamiento que necesitaba, otros que tenían la facha de dealers, nadie parecía confiable.

Un niño iba caminando y uno de los hombres extraños le señaló un cigarro del piso, le dijo que lo tomara y se lo quedara, el chico dijo está incompleto, y el otro respondió, qué querías, es gratis.

Así, después de caminar por pasillos cercados con vallas metálicas la visitante llegó a la aduana, sin mayor problema selló su pasaporte, presentó visa, le tomaron biometría y le dijeron welcome, ahora si quedó registrada. 

Salió a la calle en la ciudad de San Ysidro California, buscó la camioneta donde su familia la esperaba, hacía un frío que calaba los huesos, unas cuantas farolas amarillas y reflectores lejanos iluminaban la zona, se veía todo entre brumas, era fantasmagórico.

Eran casi las cuatro de la mañana, tres horas más de camino y llegarían a su destino.

En la carretera de San Diego a Riverside estaban desviando el tránsito, había ocurrido un accidente, un auto estaba golpeado y otro totalmente volcado, tal vez iban cansados, tal vez también habían esperado muchas horas en la fila.

Más adelante otro percance, un choque con menor magnitud que el primero, o así se veía. Después de atravesar Los Ángeles hubo un alto en el camino, para entrar al baño, en un parador seguro, allí varios conductores habían decidido estacionarse para descansar, pasar la noche, asearse o esperar.

El camino se retomó ya sin inconvenientes, con niños dormidos, con mucho cansancio, frío y sed, pero al final de cuentas todo bien por tener la certeza de viajar juntos, libres, a diferencia de aquellos que se accidentaron, a diferencia de los que migran sin papeles y para quienes toda esta experiencia es nada comparado con lo que enfrentan en su intento de ir más allá de sus fronteras.