Aumenta delincuencia; no hay presupuesto para justicia; menos de 100 pesos por habitante.

Marco Antonio Durán Ruvalcaba*

La intención esta semana era hablar un poco de la sobrevaloración que se hizo del paquete económico, basado en indicadores que no tienen ningún sustento como es la estimación de la SHCP sobre la inflación, la tasa de interés, el tipo de cambio, el crecimiento económico, el precio del barril del petróleo y la deuda, que se establecieron como marco de referencia para la elaboración del presupuesto en los Criterios Generales de Política Económica 2023 (CGPE).

Sin embargo, me desborda la frustración y la indignación tras haber sufrido hace unos días un robo a las afueras de mi domicilio en la Ciudad de Tlaxcala, por esa razón decidí escribir sobre la delincuencia y los cambios que percibo en el Estado en los últimos meses y no sobre economía.

Empezaré por decir que no sólo han robado un bien material sino también la tranquilidad de la que gozaba mi familia hasta hace algunos días.

Los ladrones cada día se vuelven más cínicos, no hay temor porque no existe autoridad alguna que los detenga o Ley que los castigue con rigor. La delincuencia ha crecido en forma exponencial en el Estado. Se han adueñado poco a poco de los barrios, las calles y todo aquello que reclamen como suyo.  

Cada vez con mayor frecuencia observo a gente de origen extranjero: Colombia, Honduras, Venezuela y un sinfín de personas de Centro y Sudamérica, incluso pidiendo limosna.

Nada tiene de malo. El problema es que no hay un registro o una autoridad que diga cuál es el estatus migratorio de esas personas. Conozco vecinos que hoy son víctimas de los denominados “gota a gota”, método utilizado por colombianos que se han establecido en Tlaxcala y que trabajan de forma ilegal, ofreciendo préstamos a pequeños negocios y cobrando por ellos altos intereses y amedrentando a quien se rehusa a pagar más de lo debido. Todo mundo los conoce, pero nadie los denuncia por temor.  

No me cansé de presumir y de decir hasta hace poco a propios y extraños que vivir en Tlaxcala era un privilegio, que se podía disfrutar la noche, la calma, el silencio y la paz. Hoy no puedo decir eso y menos invitar a nadie para que visite lo que hasta hace poco tiempo consideré un paraíso.

Amistades y familiares que se enteraron del hurto del que fui objeto, sugirieron ir a poner una denuncia al ministerio público, la reacción fue de rechazo inmediato. El motivo es simple: las estadísticas y los números son fríos: a nivel nacional, en México sólo se resuelven 5.9 delitos de cada 100 que se cometen, significa que la probabilidad de que haya una respuesta positiva de la autoridad es de 0.7%, es decir, ni el uno por ciento de posibilidad de que atrapen al ladrón y casi nulas de recuperar los bienes o resarcir el daño.

Además, es perder dos o tres horas en acudir a realizar una declaración, aportar pruebas, y hasta mostrar facturas de lo robado para comprobar que en efecto eran su propiedad; regresar a ratificar la denuncia dos o tres días después, si no, no prospera la denuncia y se desecha.

De acuerdo con el índice estatal de desempeño de procuradurías y fiscalías, Tlaxcala ocupa el lugar 22 de los 32 Estados, es decir, ocupa uno de los últimos lugares.

Los resultados de la encuesta sobre impartición de justicia, arrojan que en Tlaxcala:  94.4% de los delitos cometidos no fueron denunciados, significa que la población solo reportó 5.6 delitos de cada 100 y se resolvieron apenas 1.02 casos.

De este tamaño es la impunidad.

Por otra parte, hay que decir que se ha perdido la confianza y credibilidad en la justicia. No existe investigación, porque tampoco hay personal que lleve a cabo el seguimiento del delito, peritos que acudan a verificar la escena, etc. El presupuesto para las fiscalías prácticamente desapareció; no hay como financiar a los departamentos de investigación para poder aclarar el delito.

Y, sin embargo, uno de cada dos tlaxcaltecas—52%— aprueba la acción de la justicia.

Los datos revelan que, en Tlaxcala para impartición de justicia, existe un presupuesto anual per cápita menor a 100 pesos y poco más de seis ministerios públicos por cada 100 mil habitantes. Comparando con la Ciudad de México, el presupuesto por persona es mayor a 600 pesos y existen 14 ministerios públicos por cada 100 mil habitantes. Obviamente los patrones y el nivel de violencia no es el mismo, pero debiera ser proporcional.

No es el delito el que se tiene que atacar, sino es trabajar y destinar recursos para la prevención. Son los valores, disciplina, principios, educación en casa los que se tienen que inculcar; el gobierno tiene la obligación de acompañar a la sociedad con leyes y castigos enérgicos que inhiban la corrupción y la impunidad.

Hoy día en todos los medios: Televisión, Streaming (Netflix, HBO, etc.), redes e internet se hace apología del delito en series y películas. El mensaje que se difunde es que ser criminal es acceder a dinero fácil y rápido, vestir ropa de marca, traer carros caros y mujeres hermosas.

En el ámbito familiar parece que la educación académica para ser mejores ciudadanos, quedó en el pasado; las madres o padres no denuncian a pesar de observar que los hijos cuentan con dinero fácil, teléfonos o ropa nueva sin trabajo, incluso se vuelven cómplices. Quizás por necesidad o desesperación.

Hace algunos meses comentamos en familia, cómo han prosperado en Tlaxcala los negocios de ventas de cerveza, los bares y lugares legales e ilegales donde se vende alcohol a jóvenes y señoritas todos los días que incluso con uniforme desde temprano ya están bebiendo.

Hablamos de los escasos espacios deportivos, parques, lugares de recreación o centros sociales en la capital del Estado para atraer a los jóvenes. De no ser el recinto ferial, que abre sus puertas uno o dos veces por años, no existen por ejemplo salones de baile, escuelas de música, centros de sano entretenimiento, hay unas cuantas salas de cine, pero no teatros en operación, además de un par de museos sin muestras atractivas. Poco que ofrecer a la población joven y no tanto.

Dicen que la ocasión hace al ladrón y quizás tengan razón.

No sé ustedes, pero en mi familia se percibe un deterioro enorme en calles y avenidas: el alumbrado es deficiente, calles enteras con bombillas fundidas, una enorme cantidad de baches y sobre todo basura. Fuera del centro parece que no existe un departamento o área que haga tareas de limpieza, es prácticamente un mugrero que decepciona a los pocos turistas que la visitan.

Pasar por los libramientos o avenidas principales en donde existían algunas lámparas con paneles solares que permitían alumbrar y dar seguridad por las noches, ahora se observan apagadas y sin las baterías porque fueron botín de la delincuencia. La autoridad no las ha reemplazado y no parece que lo hagan en los próximos meses. Suponemos que ni siquiera existe alguna denuncia.

Días antes de la celebración de los días patrios, se acordó acudir al encendido de las escalinatas. Ante la pregunta: ¿cuál era el mejor lugar para llegar?, más de uno pidió no dejar el auto en la parte de arriba porque en ese lugar abren carros y roban las llantas de los autos.

En efecto, meses antes habían dejado el carro en el piso, sin llantas. Al preguntar, ¿dónde se podían conseguir las llantas para reponer las robadas?, todos coincidieron en decir que en San Sebastián Atlahapa, que ahí se pueden encontrar las que se llevaron horas antes.

En visita a dicho lugar se constató que sí existen. Basta llegar, preguntar por la pieza robada y de inmediato muestran modelos y precios a discutir. El cinismo de ellos, pero también la rabia y el coraje de las víctimas.

Indigna que todos los pobladores sepan en dónde se esconde y vende lo robado y que no haya una sola investigación y menos que la autoridad se atreva a molestarlos.

El nuevo Gobierno habla de austeridad, pero no repara en gastos para festejar cualquier evento que luzca a la gobernadora Lorena Cuellar y su séquito. Es una vergüenza.

Reza un dicho turco que: cuando un payaso llega al Palacio, él no se convierte en Rey más bien el Palacio se convierte en un circo. No hacía falta encender escalinatas, adornar e iluminar con tanta ostentación la plaza principal o el Palacio de Gobierno, comprar letras a precio de oro, contratar orquestas y mariachis y menos regalar comida, es más necesario en este momento arreglar luminarias, bachear calles, limpiar la ciudad capital de tanta basura, sanear parques y camellones, podar árboles y rescatar a los jóvenes.

*Maestro y Doctor en Ciencias económicas por el IPN y la Universidad Autónoma Chapingo; es profesor investigador, coautor de los libros: Los depredadores, Plantea, 2017 y Análisis de la Macroeconomía y del Sector Externo de México, Universidad de Humboldt, Alemania; Complutense, Madrid, España, 2018. Ha escrito infinidad de artículos para revistas especializadas, miembro del SNI. Correo electrónico mardur6@hotmail.com